Viernes, 11 de Mayo de 2012 16:44

La metáfora de Venecia

por  Mario Diament
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Venecia. 2007 /octubre Venecia. 2007 /octubre E. Mariani

Venecia ya era una ciudad imponente antes de que Jorge Rial y la niña Loly la eligieran para su escapada romántica y seguramente lo seguirá siendo por un buen tiempo.
Aunque las evidencias indican que se está hundiendo, particularmente desde el fatídico 4 de noviembre de 1966, cuando las aguas del Adriático anegaron la ciudad y se resistieron a marcharse por más de 15 horas, los venecianos confían en que su ingenio y su creatividad terminarán por prevalecer.

La que han ideado es un sistema de compuertas móviles acostadas en tres puntos de entrada, en la boca de la laguna. Cuando la marea alcanza proporciones peligrosas, un sistema de aire comprimido levanta las compuertas bloqueando el ingreso de las aguas.
Al margen de los vaticinios, no hay nada comparable a esta ciudad de 150 canales y 409 puentes, lo que explica por qué 60.000 turistas de todas las latitudes descienden diariamente sobre la laguna, sumándose a los 270.660 habitantes de la ciudad, encapsulados en una superficie total de 415 kilómetros cuadrados.
La densidad de la población visitante es el doble de lo que la frágil estructura de la ciudad puede absorber en condiciones de seguridad ambiental, pero los venecianos aceptan ésta y otras anomalías, si no con encanto, por lo menos con hidalguía.
Como es de imaginar, todos los servicios, desde los bomberos y las ambulancias, hasta el abastecimiento y el recogido de basura, son náuticos, tanto como lo es el admirable sistema de transporte público.
Pero a pesar de esta limitación y de la cotidiana invasión turística, la ciudad se ve limpia y segura, las calles sin baches ni remiendos y la administración, tan eficiente como invisible.
Sucede que Venecia siempre tuvo en claro su objetivo y a través de los siglos nunca permitió que otras ambiciones la distrajeran. Tal vez por eso su república pudo existir por un milenio mientras que la romana, mejor dotada y en tierra firme, solo alcanzó a sobrevivir la mitad. Los venecianos eran comerciantes y no les interesaba ser otra cosa. Se habían refugiado en la laguna huyendo de las invasions bárbaras y el bien que más apreciaban era la libertad.
Todo cuanto crearon, desde el sistema de gobierno, la poderosa flota y el sofisticado sistema bancario, hasta la arquitectura, el arte y la música, tenía el propósito de facilitar el comercio o era un derivado de él.
La religión les importaba en tanto y en cuanto no interfiriera con sus libertades. No vacilaron en desafiar al Papado y asumieron estoicamente la excomunión cuando la alternativa era lo uno o lo otro.
En tanto sabios mercaderes, comprendieron que la prosperidad de Venecia dependía de un claro y firme sistema jurídico y una astuta diplomacia. Si quienes venían a hacer negocios a Venecia no se sentían absolutamente amparados por las leyes, libres de la posibilidad de caprichosas expropiaciones, todo el sistema se derrumbaría.
Tanto así, que en la elección de su forma de gobierno fueron, no solo obstinados defensores del republicanismo, sino también, concientes vigías de sus peligros.
Las atribuciones del doge, el principal magistrado de la república (la palabra equivale a duque en la lengua veneciana, pero no es un título nobiliario), resumen el cuidado con que los venecianos dibujaron esta figura.
Naturalmente, los doges provenían de las familias más poderosas, pero esa misma circunstancia era la que demandaba cautela.
Por ley, el doge tenía prohibido incorporar a cualquier miembro de su familia en su gobierno y las elecciones sucesivas dentro del mismo grupo familiar eran evitadas, aun dándose el caso de una administración exitosa.
De esta manera, se contenía el impulso de algunos gobernantes a confundir su servicio público con la monarquía.

Publicada en el diario El Cronista, Buenos Aires, el 11 de mayo de 2012.

 

Ultima modificacion el Domingo, 13 de Mayo de 2012 23:20
Mario Diament

Mario Diament

Periodista, ensayista y dramaturgo.

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