Domingo, 04 de Septiembre de 2011 19:27

Agenda amorosa: segunda cita

por  Elena Massat
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...la relación con el primer galán había terminado con su corbata Hermès empapada en el café que ella le tiró por encima de la mesa del bar.

Le resultó terapéutico. Era una escenita con la que el último año de matrimonio había fantaseado a diario y que la calmó de inmediato.

Pragmática como no conozco otra, sacó cuentas y encontró que hasta el momento de la revelación la había pasado de maravillas, y que –desde el punto de vista sociológico (ella es una workalholic)- este idiota no dejaba de pertenecer a una clase de gente que existía y que había que conocer.
Llamó al segundo número.

 

 

23 contra 44

Lo citó en un bar de Santa Fe y Bulnes con la idea de que si no le gustaba, el encuentro a dos cuadras de su casa le permitía volver caminando tan tranquila. Cuando él le dijo por teléfono que lo iba a reconocer por la remera con estampa de Jamiroquai que pensaba ponerse, se quedó descolocada, pero tenía tanto trabajo sobre el escritorio que en lo único en que pensó fue en si iba a tener tiempo suficiente para la planchita.

Lo tuvo, y con su lacio perfecto se sentó junto a una ventana a esperar, ensayando diálogos inteligentes y miradas sugestivas. Sólo que cuando vio la remera de Jamiroquai descendiendo de una bici con cambios, su impulso fue salir corriendo. El portante de la remera no pasaba de los 20 y ella –a pesar de los excelentes resultados de la planchita, las tres sesiones semanales de pilates y el kit completo de cremas de Lancôme- acababa de cumplir 44 y no era Madonna.
Después se le fueron las ganas de huir. Jamiroquai era una auténtica belleza y sonreía con dientes propios desde su metro 90 con una dulzura que le provocaba cortocircuitos en las sinapsis. Efectivamente, Jamiroquai tenía 23 y era una rara mezcla de rockero y deportista. Competía en natación para su club y por eso se entrenaba todas las mañanas, lideraba una banda de rock, había tenido asistencia perfecta al Quilmes Rock 2011 y en los ratos libres ayudaba a su papá en la librería. “Pero hasta que no se acerque el comienzo de las clases no hay mucho trabajo.”
Unos días después, cuando repasaba conmigo semejante cv de presentación, se preguntaba cómo era que no había pedido la cuenta ahí nomás. “En mi principio está mi fin”, recordamos juntas que decía Elliot hablando de otra cosa. Pero sucedió que el niñito aquel se desenvolvía con una naturalidad tal que no parecía reconocer ningún obstáculo en la diferencia de edad. ¿Es que no sabría contar?
Pragmática como es, decidió disfrutar de lo que había. Al fin y al cabo, lo que había era una fiesta para casi todos los sentidos. De manera que así fue cómo Jamiroquai depositó la bici con cambios en el lavadero de su anfitriona, se abalanzó sobre el equipo de música y estuvo al borde de un orgasmo cuando se encontró con los long play de los Rolling Stones que la ahora Madonna había conservado de la colección de su hermano mayor.
Erotizado por semejante hallazgo, Jamiroquai se arrojó sobre la dueña de casa con un vigor digno de las tres horas de natación diarias, los pulmones libres de humo y los 23 tiernos añitos, y Madonna contabilizó ¡seis! encuentros sexuales esa misma noche que la dejaron empotrada sobre el colchón.
A las 7 de la mañana del día siguiente, mientras ella se tropezaba con todos los muebles de la casa y no distinguía cuál era la canilla del agua caliente, Jamiroquai se despachaba un litro de leche y media caja de los cereales de los chicos sin abandonar por un instante la sonrisa inmaculada de semidiós griego favorito de Afrodita.
Cuando aterrizó en su oficina todavía mareada pero con esa transparencia en los ojos que sólo se logra gracias a la alta performance nocturna, la recepcionista se levantó del escritorio, la siguió hasta su oficina, cerró la puerta y le dijo:
-Dame el número.
-Es nadador. Es como haber cumplido el sueño del Meolans propio. Me dice que soy su sirena. Que Dios me perdone, pero nunca en mi vida pensé que un cuerpo me podía trastornar el cerebro así. No voy a trabajar más. No puedo. Tengo que aprovechar estas horas para repasar centímetro a centímetro de esa piel dorada, esos músculos perfectos, esa…
La recepcionista se fue pegando un portazo de envidia y la dejó hablando sola en dirección al río que se imponía desde la ventana.
-La perdimos, comunicó escueta al resto del team.
A la bicicleta, Jamiroquai sumó un bajo y ella se ocupó de llenar la heladera de todo tipo de alimentos proteicos, vitaminas y minerales que encontró en las góndolas de las dietéticas que recorrió esos días. Por su parte, abandonó el alcohol y los cigarrillos. De su ansiedad no quedaba ni el recuerdo.
La fiesta infantil duró 20 días. Me confesó que durante los primeros 18 ni se acordó de que alguna vez hubiera estado casada o embarazada.
Pero una noche (la 19) en que se reponían (ella) de cuatro veces en dos horas, Madonna encendió la tele mientras Jamiroquai se ponía a tocar el bajo como si no pudiera reposar un instante. Daban “La República perdida” y ella –que sí sabía contar- cayó en la cuenta de que cuando había ido a ver esa película con sus compañeros del centro de estudiantes del colegio, Jamiroquai no figuraba ni en los planes de sus padres. Quizás ni siquiera estaban juntos.
La comprobación aritmética la desanimó. Y quiso hacer otras comprobaciones.
-Vení, amor. Dejá el bajo un segundo y vení a mirar esto conmigo. Yo sé que de esto vos no tenés memoria, pero no sabés lo que fue el '83 para los de mi generación.
-Sirena: a esta no me subo. La política, la historia, las Malvinas, la democracia, la dictadura, los K o los Macri. Eso de que ahora los jóvenes estamos más metidos en política no me va. Que se vayan todos o que se queden. Me da lo mismo. Y le dio un beso exquisito en la nuca.
-¡Caramba!, dijo ella.
Se levantó, destapó un Malbec colección Robles que tenía guardado por ahí y con el primer trago recordó que tenía dos hijos a los que de vez en cuando, entre Los Simpsons y Divididos, podía contarles algo de su pasado de adolescente comprometida.
Fue la última vez que lo vio. A la mañana siguiente le dijo a su supervisora: -¿De dónde lo sacaste? Me siento Susana después de tres semanas en el spa de La Prairie. Tengo la piel como si me hubieran inyectado colágeno desde la cabeza a los pies y el pelo divino como el de Natalia Oreiro recién salida de lo de Lamensa. Pero ¿sabés qué? Puedo no creer en la matemática, pero creo en la historia.

 

 

 

 

 

 

 

Ultima modificacion el Sábado, 29 de Octubre de 2011 19:16
Elena Massat

Elena Massat

Porteña, humorista, periodista y buena amiga.

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