Lunes, 03 de Noviembre de 2014 18:54

Semillas de la derrota

por  Andrés Alsina
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El desplome electoral del Partido Colorado, el segundo en poco tiempo, consolida la tendencia que en lo que va del siglo XXI lo tiene no más allá del 17%, luego del record para el Guinness de menos del 10% con Guillermo Stirling como candidato en 2004. Este partido, fundado en 1836 y que en 1938 tuviera el 62% de la votación nacional, incluyendo 64% en Montevideo, se reprocha hoy la ausencia de batllismo en su discurso y de muchos batllistas en sus filas.

La profundidad de su crisis política hace que se mente su extinción, su atomización y otras formas del apocalipsis, y que no suenen improbables. El grado de deterioro es tal que el actual intendente de Cerro Largo y próximo senador por el sector de Larrañaga, Sergio Botana, explica la caída vertical del Partido Colorado en que el Frente Amplio le arrebató las banderas del batllismo, y que éste es (obsérvese el tiempo presente) el mejor modelo de socialdemocracia del mundo y el más exitoso, y que el oficialismo es el nuevo batllismo. Luego, la sexta candidata al senado del sector de Larrañaga, la historiadora Ana Ribeiro, dice más; dice que todos los uruguayos son batllistas, que eso está en la comunidad de sangre que hasta mitad del siglo pasado tuvieron los partidos tradicionales y que luego se muda al Frente Amplio. Sí, todos son batllistas menos los candidatos del Partido Colorado. Y eso signa su conducta en la historia reciente, como se alegará.

Cuándo y por qué ocurrió esa mudanza decisiva admite por lo menos un repaso de la historia. Cuando Gabriel Terra, del ala riverista de los colorados, da el golpe de 1933 con apoyo de Herrera, se le oponen los colorados batllistas; entre ellos los paradigmáticos Julio César Grauert y Baltasar Brum. Ambos mueren pero el batllismo sobrevive con dignidad. Luego de 93 años de ejercer el poder, los colorados recuperan el gobierno en 1966 con 50% de los votos. Allí el batllismo tiene perfil muy bajo; son años duros para la solidaridad social.

La situación se agrava con el modelo de salida que lleva a Julio María Sanguinetti al gobierno en elecciones condicionadas en 1984. Es posible ver en ese condicionamiento también la salida que se le da a los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura cívico militar, que el Partido Colorado ampara a rajatabla sin fijarse en costos. Militares maneados por el plebiscito constitucional que supieron perder en 1980 y gravemente heridos por el quiebre del régimen cambiario, “la tablita”, en 1982, son rescatados por una ley de la caducidad de la pretensión punitiva del Estado (una aberración de la separación constitucional de poderes) que condiciona todo ese período de gobierno, marca los siguientes y perdura. Porque el Frente Amplio no es todo batllismo y el saliente presidente Mujica le acaba de pasar a la Suprema Corte la consulta de si se podría mandar a su casa a presos por delitos de lesa humanidad violando otro poquito la ley.

En estas elecciones tal vez la historia fije el fin de la confrontación de dos personalismos fuertes, que viene desde antes de la salida de 1984, y que excluyó al batllismo excepto por nombrarlo de vez en cuando: la de Jorge Batlle y Julio María Sanguinetti. El primero tenía a su sobrino segundo postulándose como batllista; el segundo apadrinó todo lo que pudo a Pedro Bordaberry para que construyera una fuerza testimonial con peso parlamentario y una prédica conservadora propia del personaje y de la cual Sanguinetti no se demostró particularmente lejano; era su herencia. Y fracasó. En todo este proceso de treinta años se incubó la derrota que hoy es palmaria.

Hay preguntas imposibles pero necesarias. ¿Qué salida le hubiese dado José Batlle y Ordóñez a la situación planteada por el agotamiento de la dictadura? Personalmente dudo mucho que hubiese sacrificado a su partido para salvar a las fuerzas armadas. Los hechos demostraron que el Frente Amplio, que no fue tan ajeno a la salida como quisiera aparecer, lo supo concretar sin pagar costos políticos por ello y a cambio de reconstruir una fuerza política cuya dirección no tuvo ni una sola reunión en tiempos de dictadura, tan desguazada estaba, para que entre ahora a su tercer período de gobierno. Y el Frente Amplio hoy acepta en buena medida la tranquilidad lograda en el proceso que siguió a la ley de caducidad, porque esa es la clase de izquierda que es. Sólo hacía falta tiempo. Tiempo y saliva.

 

Publicado en 7N, miércoles 4 de noviembre de 2014 y en Noticias de 33.

Ultima modificacion el Miércoles, 05 de Noviembre de 2014 16:19
Andrés Alsina

Andrés Alsina

Periodista

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