Martes, 27 de Enero de 2015 14:43

Cartas para vivir

por  Andrés Alsina
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Empolvadas entre tantos otros archivos, el historiador Óscar Destouet halló en la cancillería más de mil cartas de solicitud de ingreso a Uruguay. Eran de familiares o conocidos de judíos que huían del nazismo. Algunos de esos documentos serán expuestos la próxima semana, durante las celebraciones que recordarán el cierre de Auschwitz.

“Señor Ministro: Después de haber sufrido en Europa, mis parientes todas las persecuciones de la barbarie nazi, y a pesar de las grandes exterminaciones, tuvieron la suerte de quedar con vida, a pesar de perder todos sus seres queridos, desean y solicitan que se les permita llegar al Uruguay, donde tienen un hermano quien con ansías los espera”.

“La señora, favorecida por circunstancias especiales y ayudada por unos parientes, logró burlar la acción de los alemanes, viviendo escondida durante tres años, desearía ahora vehementemente vivir con la suscripta, su hija”. (…)  Se permite destacar la urgencia del caso en virtud de las angustiosas condiciones de vida imperantes en Holanda, donde se padece hambre y otras penurias”.

Las cartas en las que familiares o conocidos de judíos sobrevivientes del holocausto y la represión nazi solicitan la visa de entrada al Uruguay son más de mil –y aquí se transcriben en forma textual. Están en cajas del Ministerio de Relaciones Exteriores caratuladas, sin ironía, "Pasajeros de Primera Clase", porque eso exigía la reglamentación restrictiva de RREE para emitir el visado: que viajaran en primera clase y que quien lo recibiera ganara al menos 100 pesos.

Es sorprendente la cantidad de personas que ganaban cien pesos en el Uruguay de 1946 con independencia del trabajo que realizaran, como también la cantidad de primos con un primer apellido igual al del residente en Uruguay que solicitaba su llegada.

El paciente trabajo de recopilación y fotografía de los documentos es de Oscar Destouet, que en 2004 se puso a investigar en los archivos de Cancillería la represión en Uruguay durante la dictadura para luego sumergirse en esta documentación relativa al Holocausto judío, “que es ejemplar, universal y legitimado”.

Empezó a estudiar los procesos de formación de la memoria, la condición humana en comportamientos que llegaban a extremos no humanos. Además de director de liceo, enseña Historia Contemporánea  y Derechos Humanos en el IPA.

La semana que viene, un par de estas cartas estarán en la muestra de cinco días que se hará en el atrio municipal por el 70 aniversario del cierre del campo de concentración de Auschwitz, el 27, acompañando dos muestras centrales: la del Proyecto Shoá, un grupo muy activo y didáctico de jóvenes, y una exposición itinerante de la Casa de Ana Frank, que tiene en Argentina una única filial de la casa original en Holanda.

También estará presente una estatua de Ana Frank, que a su debido tiempo la IM emplazará en el espacio en construcción en el Zoológico de Villa Dolores, y habrá un sello conmemorativo.

Hay una carta en la que se pide visa para dos rabinos y sus familias, en ese momento en Shangai; uno sólo puede conjeturar sobre cuán necesitados de guía espiritual estaban los solicitantes. “Los señores Szola Bursztyn y Josel Lewinson, son rabinos de la Congregación Israelita, y careciendo hasta ahora nuestro templo de sus jefes espirituales, y encontrándonos ante la necesidad urgente de poseerlos, éstos actuarán en tal calidad en nuestra sinagoga”, la sinagoga Majzikey Hadar, en Defensa 2356. Dos personas  firman y consignan su credencial cívica: ya eran ciudadanos uruguayos.

La guerra había terminado y de lo que luego sería llamado el Holocausto sólo se conocían las imágenes, generalmente de origen estadounidense, que pasaba el noticiero antes de la película. “No había noción de la dimensión de esa lamentable gran originalidad del siglo XX, que revela hasta dónde puede llegar el ser humano en su deshumanización”, apunta Destouet.

La reglamentación para otorgar el visado defiende las fuentes de trabajo de este país por ese entonces de las vacas gordas pero también toma en cuenta ese desconocimiento generalizado de lo que había sido esa barbarie. Esta gente venía además de lugares extraños a la imagen de la inmigración que llegó al Uruguay: no eran españoles ni italianos sino polacos, alemanes, húngaros.

Era el fin del gobierno de Juan José Amézaga y el canciller era Eduardo Rodríguez Larreta; comenzaría en 1947 el de Tomás Berreta, que sería igualmente laxo con la propia reglamentación. Algunos de los barcos que llegaban con estos pasajeros ni siquiera tenían primera clase, y en una documentación que Destouet mencionó las solicitudes están respaldadas por números de puerta correlativos, porque el solicitante de la reunificación recorrió cuadras de La Teja, el Cerro, Goes, pidiendo y obteniendo solidaridad a mano abierta. Allí, cuenta, hay ofrecimientos como coserle la ropa a quien llegue; ayudarlo, en fin, de los modos caseros al alcance del vecino.

Y las víctimas llegaban. Algunas para quedarse, otras para dar el salto hacia la muy mayor colonia judía de Argentina, en procura de lo que todo refugiado busca: la tranquilidad que da un rostro conocido. En su reconstrucción del proceso de la víctima, Destouet establece etapas:  “Hubo gente que había estado en los campos y que muy lentamente empezó a contar. La gente tiene sus tiempos. Primero cuenta algo, lo más dramático, luego deja de haber oídos para el horror porque la gente no quiere esa realidad deprimente. En consecuencia, la víctima se llama a silencio y se invisibiliza. Pasa luego por una etapa en la que se cuestiona por qué él vive si otros murieron. Finalmente la memoria empieza a legitimarse y el sobreviviente comienza a ubicarse en lo que es: una víctima, cualesquiera sean los rasgos positivos o no de su personalidad. Lo que no son es victimarios, y esa es la diferencia para el tercero, y hay otra generación que quiere contar y otra que pregunta, y nuevas cosas van a hablar”.

La tragedia está a flor de piel: Al pedido hecho, la solicitante agrega de puño y letra, evidentemente luego, que su hermana y sus dos hijitos sobrevivientes del campo de concentración de Bergen Belzen, ya habían fallecido según una llamada telefónica que recibió.

Las cartas también son muestra de una época, del aquelarre de aquella globalización embrionaria. Un uruguayo que se alistó en las Fuerzas Francesas Libres se enamoró de una parisina, Cecile, y pide y obtiene visa prometiendo casamiento y jurando que gana los 100 pesos reglamentarios.

Una víctima pide visa para seis o siete personas para volver a montar en Uruguay el negocio de peletería.

Y el dibujante de Mundo Uruguayo, el ruso Juan Boris Gurewitsch (quien resultó un plástico importante), viene al Uruguay antes de la guerra para juntar dinero para traer a su adorada novia, la polaca Anna Herzberg. Ella era el tema casi excluyente de sus conversaciones hasta que viene la guerra y pierde el contacto; años de desolación. Tras la guerra, un aviso de la Cruz Roja: ella sobrevivió a Auschwitz. Reignición violenta de la esperanza. El director de la revista Orestes Baroffio usa altos recursos de la dialéctica en su carta y compromete sus relaciones para argumentar a favor de la visa. La obtiene. Y ellos dos vivieron la vida que quedaba.

Publicado en el semanrio Brecha, Montevideo, Uruguay, el viernes 23 de enero de 2015.
Ultima modificacion el Domingo, 22 de Febrero de 2015 10:40
Andrés Alsina

Andrés Alsina

Periodista

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