Durante la Guerra Fría (1947-1992) cada una de las grandes potencias del mundo bipolar, los EE.UU. versus la U.R.S.S., tenía su enemigo declarado y notorio, y nadie necesitaba exagerar la peligrosidad y la maldad del adversario, era algo evidente, tangible y real.
Mi posición en política internacional era “tercerista” al modo de Carlos Quijano, siguiendo a Nehru y a Sukarno, líderes del mundo “no alineado” de Aquella Época. Seguí siendo tercerista como partidario y defensor de la Revolución Cubana, hasta que el control de la U.R.S.S. sobre la Isla se hizo palpable. Luego, durante un breve lapso, creí en la Revolución China de Mao-Tse-Tung como realización de la justicia y la equidad. Aún entonces era tercerista.

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