Domingo, 22 de Marzo de 2015 17:06

A mis mujeres

por  Ricardo Piñeyrúa
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La abuela ponía la silla en la vereda al lado de la puerta de casa, de forma tal que de adentro no se la veía. Entonces, me llamaba con su media lengua ítalo española y me mandaba a la panadería a comprarle unos bizcochos, tipo borla de fraile que no debía comer, y que escondía de sus hijas guardándolos en el bolsillo de su delantal.

La Máma era la mandamás en esa casa llena de mujeres que mandaban. La Delia, La Volta, La Lira eran mis tías. En mi casa todas eran "La", La Violeta, La Gilda, La Iris, La Graciela, La Dina, La Ana, La Estela y la más chiquita de mis primas, La Silvana.

La casa de Acevedo Díaz era el centro de la familia, de los que vivamos allí y de los que habiéndose ido siempre volvían.

La Delia, la mayor, nos daba las inyecciones; te clavaba la aguja de las dosis de calcio que la doctora Place nos mandaba para ser más fuertes, con un pedazo de pan en la boca "para no ponerme nerviosa", decía. En medio de la dictadura me esperó en la puerta para avisarme que me buscaban, sacó las cosas de mi casa y mientras me miraba desde abajo con sus lentes y sus dientes postizos me decía "Cuidate nene" y se iba a buscar ayuda para armar los bolsos de los presos.

La Lira venía con sus tortas y pasteles, sobre todo el de chocolate con merengue, "comete otro, estás muy flaco". Años me escondió documentos y los carné del Partido que yo no quería perder.

La Volta, mi madre, se sentaba en la mesa grande del comedor a vigilar los deberes de todos los primos. Yo era rápido y terminaba temprano; antes de irme al Sporting la veía renegar con el Negro que no la atendía y pelear con mi tío Ideal que llegaba y rompía la armonía del estudio persiguiendo a mis primas para rasparlas con su barba.

Cada una tenía una tarea en esa comunidad familiar que abarcaba un par de inquilinos que quedaron como regalo, en especial Bartolo, parte de la herencia de La Gilda cuando compró la casa.

Los domingos sacaban el hule de la mesa grande del comedor diario y allí amasaban la masa de los ravioles, le tiraban la verdura arriba, a taparlos y luego marcarlos con el palote. Mis primos y yo nos deleitábamos cuando nos dejaban cortarlos con la ruedita y más cuando los manyábamos con el tuco que antes robábamos de la olla mojándolo con el pan y recibiendo las cachetadas correspondientes en la mano. Ni que hablar cuando la suerte te coronaba con un pedazo de estofado.

Ellas eran mis mujeres, las que me cuidaron, me educaron y me retorcieron la oreja cuando me portaba mal, las que me acunaron, me dieron valores, me hicieron los regalos de Reyes y me escondieron cuando me buscaban.

Sé que hay miles de mujeres heroicas y cientos que han hecho historia, pero mi historia son ellas construyéndonos día a día, sobrellevando las dificultades, la plata que faltaba y sus sueños postergados.

Siempre me queda aquello de que no sé si les devolví todo lo que les debo. Seguramente no; hoy sé que no sería quien soy sin ellas.

En este Día de la Mujer, mi homenaje a la miles de mujeres que han hecho avanzar sus derechos y que siguen luchando por ellos, pero permítanme el egoísmo de homenajear a las mías, responsables de que crea en todos los derechos.

Publicado en el portal uy.press, el 8 de marzo de 2015.

Ricardo Piñeyrúa

Ricardo Piñeyrúa

Periodista, comentarista deportivo.

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