Domingo, 12 de Julio de 2015 15:51

Gotera en flor

por  Margarita Michelini
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Había una vez una terminal de ómnibus que se llovía. Ubicada en la costa Este de un pequeño país de clima caprichoso, nunca sabía si amanecería seca o mojada. Eso le daba mucha vergüenza, tanta que se ponía colorada, como su piso que iba juntando herrumbre en las esquinas de las baldosas más castigadas por las goteras.

En los días lluviosos, los empleados, miraban para arriba tratando de adivinar dónde caería el agua para colocar el balde que la atajara a tiempo. No era fácil la tarea y es justo decir que no se malgastaba el dinero comprando baldes, sino que se reciclaban los blancos, que otrora habían contenido pintura.

En los días de aguacero, las valijas nadaban en los charcos; la gente caminaba cabizbaja para evitar mojarse los zapatos y tropezarse con los baldes. La facha de la Terminal no solo daba muy mala imagen sino que también provocaba peleas, chichones y fracturas de tibia y peroné.

La Terminal, que anticipaba los encontronazos desde lo alto, se desesperaba al no poder  avisar para evitarlos.
A lo largo de los años, ¿quince?  ¿veinte?, fue creciendo el desprecio del pueblo por su Terminal. Cuanto más fama adquiría el balneario, a quién se atribuía tener “muy buena vibra”, eran más quienes la criticaban por algo que no era su responsabilidad.

Un punto a favor: Las goteras de los baños pasaban desapercibidas. La estrechez,  la falta de perchas y papel dentro de los boxes, los inodoros sin tabla, las cisternas perezosas, las piletas con canillas defectuosas, la eterna ausencia de jabón y secador de manos, más las múltiples capas de graffitis chanchos en las puertas dejan a los usuarios catalépticos. En ese estado del alma, quien sentado en la taza siente llover sobre su cabeza cree que desde el cielo, mandan agua bendita para revivirlo.

De este asunto de los baños, la Terminal solo sabe por lo que escucha, porque, discreta, no le gusta espiar a sus visitas en trance de aliviar sus necesidades fisiológicas.

En todo este periodo, ¿quince?, ¿veinte? ¿treinta años? ni las empresas que utilizan sus servicios ni las autoridades municipales responsables habían podido solucionar el asunto. Nunca supo porqué. Como de tanto oír hablar en idiomas, la Terminal entiende inglés, francés y algo de sueco, se ha enterado de que en otros países las goteras de los techos se reparan. En tren de ser justos los extranjeros no la insultan ni le echan la culpa a ella de las molestias que les causan los agujeros de su techo; al contrario, la compadecen.

Había una vez una Terminal que se llovía y un vecino que tuvo una gran idea.  Sustituir los deprimentes baldes por algo “con onda”. Con las enigmáticas palabras  Es preferible gotera en flor, que flor de gotera, fundamentó su gran idea. 
Una mañana, descargaron en su puerta varios macetones con arbustos pequeños. Me quieren embellecer, se dijo. Su ilusión duró poco. A mediodía comprobó estupefacta como colocaban cada macetón sobre las manchas que delataban el lugar donde escurrían las goteras. También escuchó al vecino de la gran idea explicar que se trataba de una iniciativa innovadora porque: Con este método de regado automático se reutilizaría el agua de lluvia.

Cuando nació la primera flor en el macetón de la izquierda, el deseo de la Terminal de que le arreglaran la azotea y vivir feliz se esfumó para siempre.

Publicado en la revista punto gg Nº 18, segunda quincena de junio de 2015.

Ultima modificacion el Domingo, 12 de Julio de 2015 16:10
Margarita Michelini

Margarita Michelini

Periodista, humorista, editora de cosasdelavida.

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