Martes, 20 de Agosto de 2013 12:20

Fútbol: ¿Cómo se puede ser tan chico y tan grande?

por  Ricardo Piñeyrúa
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Vuelta Olímpica /Copa América 2011 Vuelta Olímpica /Copa América 2011 jikatu / wikicommons

El oropel y el gasto de los grandes eventos deportivos, las barreras con las que se encuentran la mayoría de los periodistas y una jugosa anécdota de la Copa Confederaciones son el preámbulo de la reflexión del "Profe" Piñeyrúa sobre el fútbol uruguayo. El asombro de tantos provoca preguntas para las que es dificil encontrar respuestas.

Sobre el fútbol uruguayo no solo se habla mucho en nuestro país. En todos lados se dicen o piensan cosas de él. Pero nadie logra explicarlo. Lo cierto es que tiene algo que todos querrían.

Por mi trabajo he tenido la fortuna de presenciar eventos deportivos de primer nivel, especialmente de fútbol, que ajustados al calendario del norte dominante se realizan entre los meses de junio y julio, el verano de allá.

Entre esos eventos ha estado también la Copa América, que se realiza en esas fechas aunque haga un frío de mil demonios, como la de Argentina 2011, donde la temperatura en Mendoza y San Juan fue cruel, pero la conquista de la Copa nos abrigó.

De estos eventos me voy a referir a tres: el Mundial, los Juegos Olímpicos y la Copa de las Confederaciones, que tienen en común la obsesión por la organización y la seguridad, llevada a extremos que se transforman en molestos e imprácticos, aun para el cumplimiento del objetivo que buscan.

I
BARRERAS.
Alcanza dar una vuelta por los estadios para descubrir fallas que permiten violar la seguridad sin intención. Algo así nos sucedió con el colega Rómulo Martínez del diario “La Hora”. Buscábamos un acceso para llegar a la conferencia de prensa de Uruguay y un guardia nos dejó entrar por un portón lateral en el Estadio de Bahía sin revisarnos los bolsos. Era la noche antes del juego de los celestes con Nigeria y terminamos caminando libremente por la sala VIP.

Las medidas de seguridad no son solo para los periodistas, también afectan al público que paga una fortuna por ver un partido y debe hacer larguísimas colas con una demora que generalmente supera las dos horas para acceder a un estadio, siempre y cuando no deba caminar uno o dos kilómetros entre vallas para llegar a las puertas rigurosamente vigiladas.

Un grupo de uruguayos que viajó acompañando a la selección en la reciente Copa de las Confederaciones, demoró dos horas en la ciudad de Recife para llegar al estadio desde el centro de la ciudad, en un viaje que incluyó ómnibus, tren, ómnibus y caminata de 40 minutos.

Año a año se aumentan las medidas de seguridad, las trabas, las dificultades para acceder a la información, a los deportistas o a sus entrenamientos. El destrato hacia la prensa que no sea la televisión con derechos, te hace sentir que sos un ser molesto y que la “Organización” preferiría que no estuvieses allí.

Pero, claro, es distinto el sentimiento ante una máquina perfecta como la londinense durante sus Juegos Olímpicos, con limitantes elegantemente organizadas, explicadas y eficientes, diferentes a las de Brasil durante la Copa de las Confederaciones, donde no se sabía por qué, ni por quién, ni cuándo se aplicaban disposiciones mal explicitadas y contradictorias.

Supongo que tales cosas son necesarias para explicar las cuantiosas inversiones en todo lo que rodea a un evento como este, y justificar las decenas o centenas de empleados que andan por todos lados con sus impecables trajes oscuros (hombres y mujeres) luciendo el gafete de honor que dice FIFA y que los distingue y separa de los demás mortales que por ahí estamos.

II
ASOMBRAR.
Para un periodista de un medio independiente y de un país pequeño como el nuestro se hace cada vez más difícil la tarea periodística en estos megaeventos. Esto me hizo pensar que a nuestra selección o a nuestras selecciones les pasa lo mismo: hay que rendir una prueba en cada evento, superar las trabas que nos separan de las grandes potencias y de otras no tan grandes -pero que siempre son inmensas por su poderío económico a nuestro lado- y asombrar. Sí, asombrar.

Eso es lo que pasa en esos eventos, llenos de enviados con acreditaciones de AFP, FOX, France Football, Marca, As, ESPN, de los medios más famosos del mundo, que miran tu plástico colgado del cuello y murmuran: uruguayo. Alguno se atreve a preguntar: ¿como hacen?

Todos intentamos dar una explicación. Están los que invocan la historia, o la garra, o la genética, o las ganas, o la necesidad, pero nadie tiene una respuesta clara. ¿Acaso la hay?

¿Cómo explicar que seamos protagonistas de ese mundo que te enrostra constantemente el poder y el dinero? Con estadios de cientos de millones de dólares (el de Recife costó 266 millones), con medidas de seguridad en cada acceso que superan las del aeropuerto de Carrasco, con salas VIP, con palcos privados y restaurantes con vista al banderín del corner.

Ni qué hablar de tecnología de la comunicación y otros chiches como los autos, las 4 por 4 y los buses que todavía no salieron al mercado y que usan los chicos FIFA, o la alfombra roja que rodea el famoso hotel Copacabana Palace, instalada especialmente para recibir a los invitados de la fiesta del día antes de la final.

Le he preguntado a gente que está en el tema, a entrenadores, a contratistas, a dirigentes, a padres de chicos de ligas infantiles, a sociólogos y otros, y seguimos sin una respuesta: nosotros tampoco sabemos por qué estamos ahí.

La respuesta que más nos damos es la pasión y una aptitud cultural que construye ese juego urgido desde el fútbol infantil hasta la primera división. Esa urgencia que nos hace perder casi enseguida la pelota con tal de tenerla lejos de nuestro arco, ese temor al fracaso que nos da la capacidad de lucha y el objetivo de llegar enfrente, ganar y aguantar.

Alguien me dijo que estamos ahí por el plus, ese que aparece en nuestros chicos cuando las cosas están mal y parece todo perdido. No sé por dónde está la explicación. Sé que una es el trabajo organizado, sistemático desde la niñez, que ahora con el maestro Washington Tabárez se cristaliza en las selecciones juveniles y mayores.

Pero algo hay, no se puede ser tan chico y tan grande, estar entre los cuatro mejores en los cuatro últimos torneos de la FIFA: cuartos en el Mundial de Sudáfrica, segundos en el Mundial sub 17 en México, cuartos en la Copa de las Confederaciones y segundos en el Mundial Sub-20 en Turquía.

Nuestros compañeros de ruta fueron España, Holanda y Alemania en Sudáfrica; México, Alemania y Brasil en Sub-17; Francia, Ghana e Irak en Sub-20) y Brasil, España e Italia en la Copa de las Confederaciones. O sea, fuimos los únicos en estar en los cuatro torneos. Alemania y Brasil, los mejores de siempre, solo estuvieron en dos.

III
INEXPLICABLE.
¿Por qué salen los Diego Forlán, Luis Suárez y Edinson Cavani de hoy, o los Ruben Sosa, Enzo Francescoli y Carlos Aguilera de ayer, o los Nicolás López, Felipe Avenatti y Georgian de Arrascaeta de mañana? Ellos junto a otros cientos que andan por el mundo.

Cuando escribo esto me pregunto para qué lo hago si no tengo ninguna respuesta; solo una preocupación: cuidémoslo. El fútbol es una carta de presentación que nos abre las puertas de un mundo interconectado e interdependiente, es una seña de identidad de un país con pocas.

Es una mirada asombrada de un súper mundo que no entiende cómo lo hacemos. Que ellos se preocupen y nos dejen a nosotros la felicidad de estar donde no nos quieren, ser esa piedra en el zapato de los gigantes, o el garbanzo bajo los colchones de las princesas.

Está bueno molestarlos en algo que les pega en los sentimientos, porque esas son las cosas que todos querrían tener.

Publicado en la revista digital vadenuevo.com.uy Nº 59, de agosto de 2013, con el título: "¿Qué tiene el fútbol uruguayo? No se sabe, pero todos querrían tenerlo"

 

Ultima modificacion el Miércoles, 11 de Septiembre de 2013 15:37
Ricardo Piñeyrúa

Ricardo Piñeyrúa

Periodista, comentarista deportivo.

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